Su yantar de aquel día no fué más de un mendruguillo de pan remojado en negro y espeso vino de Arganda.

En palacio no se comerá, y estarán las personas de la real familia con las tripas juntas y los tristes ojos como queriéndose esconder en el cogote por vergüenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los impuestos crecen sobremanera, como el jabón en el agua.

Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de España, de que dentro de quince días se doblará el importe del papel sellado.

No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que muriendo presto, acabe del todo.

Si los señores ministros y consejeros no se cortan las uñas, no ha de tardarse mucho el día en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la Salve los sábados, acudir cada día a la sopa de los conventos.

No siendo para cacerías u otras diversiones, en que sólo el Señor Rey se emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas dijérase que salen de algún antro subterráneo que custodian los enanos guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en las consejas.

Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullición no solamente a las palaciegas Losas, sino a todos los mentideros de la Corte, cuéntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el año de 1611, hallábase en tierra de Italia, no holgándose, sino muy al servicio de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos ilustres próceres del Parnaso que acompañaran al opulento duque de Osuna, la intelectualidad hispana.

Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que a ser actor, en muy grandes cosas.

Comiénzase ahora precisamente la intriga de zapa para derribar de su alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia, más sólidas torres habemos visto caer.

Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino, sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta codicia y desgobierno en instituciones que son una representación terrena de su poder y su grandeza.