Pues, ¿cómo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y allegados del favorito naden en oro y argentería?

A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los derechos y sisas más que cobra su excelencia.

Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria.

Pero el pueblo parece bobo: gruñe cuando siente los aguijones del hambre, y luego que le engañifan un poco, saca de no se sabe dónde y regala a sus esquilmadores las minas del Perú.

El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario, sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables sabandijas del Reino.

Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo Calderón; pónganle donde haya, que de tomarlo ya hará cuenta.

Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce.

Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo de la sátira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se lo aumentará, y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa que reir.

Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde los lomos de vez en cuando.

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