Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios, que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del segundo Filipo alcanzara, había empezado a debilitarse merced a las negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecían la España.
El duque de Lerma no atendía a otra cosa más de su enriquecimiento y el bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el cobre, procuró lo primero acomodar a los parientes que había necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer después y desta manera guardarse de compartir con ellos las pingües rentas de su ministerio.
Así, mientras el abúlico, inútil y fanático monarca empleaba el tiempo en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito despilfarraba en su tren y aposentamiento harto más lujo que el nieto de Carlos I.
Poca aprensión y menos respeto de su nombre tenía, pues que su encumbramiento y riqueza habían por pedestal la codicia y el logro.
Para despistar un tanto la atención del pueblo, que comenzaba a darse cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgáronse bandos y pragmáticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de casa, y así cargáronse pesados tributos sobre la indumentaria, la vajilla y el mobiliario.
De esto veíanse, naturalmente, libres el Duque y sus satélites.
La pobreza de la nación, con ser ya abundante, vióse más grave en apariencia, pues aquellos que podían, ocultaban notablemente su bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos cortesanos ladrones con hábitos honrados hacían en las desvencijadas arcas del Tesoro.
CAPITULO II
COMIÉNZANSE DE NUEVO LAS SÁTIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS PRÓCERES
A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fué. En los pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.
De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la desaprensión deste hombre.