Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador.
A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la muerte a sí propios.
Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras, que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.
Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.
Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos.
Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado.
Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea, sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y promesas pendencieras.
No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.
Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan, aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.
Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los siglos.