No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las Losas, lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi puesto.
Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición.
Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante libro de las aventuras de S. E.
¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!
Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió.
Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde habitara la pécora, echóla en cara el oficio:
«Aquí vivió la Chencha, aquella joya por las hechuras Caca; este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor fué buena boya.
»¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre con tramoya.
»Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada.
»Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a un pretendiente y la célebre Chencha está casada.»