Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego, está la tal que arde como yesca.
Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría examen de conciencia y acto de contrición.
Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?
¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la prohibición que diz que tuvo de ir allá?
»Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para ser caballos.
»Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros, pocos gallos.
»Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la repare, un vulgo necio y un Góngora discreto.
»Un San Pablo entre muchos Sambenitos esto en Córdoba hallé, quien más hallare póngaselo a la cola a este soneto.»
Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.
Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora.