Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más lastre.
Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara del estercolero.
A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal.
Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados tres días, luego de su muerte.
Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados que solíanle atormentar.
Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al túmulo donde reposa su marido.
¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y arregladora de desconciertos!
Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar, ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.
¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!
De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose.