Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos guantes, y

—Cuando gustéis—dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste, sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al suelo, preguntóle:

—Mas, ¿no lleváis espada?

—¡Pesia mí!—replicó el Conde.—¿Os burláis?

—Dios me libre.

—¿No me lleváis preso?

—Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como amigos vamos, si queréis, podéis llevarla.

Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo llevaba, y le prendió en el tahalí.

Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso.

—¿Os aguardo, señor?—preguntó humildemente el fámulo.