—No—respondió grave don Luis de Paredes.
—Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré responder?
—Que salió por orden de S. M.
—Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas—replicó impertinente el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle:
—¡Al infierno, imbécil!
Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado por dos troncos de mulas.
Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla...
Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida.
En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería.
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