Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis:
—Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte, salud y paciencia para sufrir estas cosas.
Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino...
PARTE SEGUNDA
CAPITULO PRIMERO
EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY
Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.
En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que se esperaba la vida de S. M.
Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que no me dejara de la mano.
De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca, ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que pensó: «Mejor se está sin Rey.»
Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil: