Alto ya el sol, perdido en el horizonte el caserío tordesillesco y casi a la vista de Simancas, aún no se había borrado la expresión de dulce y resignada melancolía del rostro del buen caballero, último vástago de la ilustre estirpe de los Pachecos...
II
Don Rodrigo era un santo.
Desde muy niño mostró su afición a jugar con altarcitos, a predicar sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo dulcemente acordado que procuraba el niño tener el son de las diversas campanitas.
Conforme iba creciendo el mozo, afirmábase en él más y más su vocación religiosa, y contra la voluntad de su padre—que para más altos destinos reservaba a su hijo, por la firme amistad que le unía con su deudo don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,—no hubo más remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar Teología y Cánones.
Para el precoz hidalguete no había más mundo que el que divisaba yendo de Tordesillas a Salamanca, ni más ciencia que la contenida en los enfáticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la Ubérriman civitatis, como llamó en una bula el pontífice Alejandro IV a la famosa Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos, transparentaba la mística ambición del heredero de los Pachecos y Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a él le reservaba el Criador en la tierra.
—¡Oh! ¡Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le oían antaño decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los Pachecos! ¡Lograr luego un beneficio, después una canonjía, quizá un obispado... y si la magnanimidad divina lo consentía, seguramente el capelo cardenalicio! ¡Oh, Dios mío! Perdona mi ambición, que sólo en tu santo y ejemplar servicio emplearé los dones que te dignes concederme!—gemía el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en los libros de los teólogos González de Segovia, Soto, Gallo, Salmerón, y de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustín, y otras lumbreras del Concilio trentino...
Pero Dios, en su infinita sabiduría, lo dispuso de otro modo, y todo el castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un invierno, cruelísimo para las gentes y los campos tordesillescos, llamó el Señor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la señora doña María, no resignándose a vivir sola en el inmenso caserón de los Pachecos, retuvo en él al joven canonista.
Resignóse éste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de interrumpir sus estudios para ayudar a doña María en el gobierno de su casa y hacienda y en la dirección de cierto litigio en que la testaruda dama venía empeñada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gótica capilla de San Antolín y a ciertas donaciones de sus antepasados, que usufructuaban indebidamente los nombrados deudos.
La infatigable pleitesía puso en movimiento cúmulo tal de jueces, escribanos, letrados y hasta teólogos, que embarullaron a maravilla el litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello misericordia. Cierto teólogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso una transacción honrosa, que cierta feliz circunstancia ayudó a imponer y acatar como tabla salvadora.