—¡Lo mío, mío, y lo tuyo de entrambos!—decía doña María a los Alderetes.—Y arguyó el teólogo:
—¡Quod homines, tot sententiae! ¡Consensus omnium fecit legem! ¿Cur tam varie?—Y replicaba doña María, sin dar su brazo a torcer, en buen castellano:
—¡Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que la teje!
Pero el teólogo, terco también, tronó en griego, para mayor claridad:
—¡¡Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!
Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y señora la máxima del gran Isócrates, ambos humillaron la cabeza.
Poco tiempo después... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San Antolín de Tordesillas, uníanse en santa coyunda Leonor de Alderete, hija única de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, único vástago de los Pachecos.
Solamente Dios, la señora doña María y el culto teólogo casamentero supieron lo que costó vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindió a los Alderetes, venció la mística resistencia del hijo de su amor, que gemía al recibir la santa bendición, unida su diestra a la de la hermosísima Leonor de Alderete:
—¡Una salus victis, nullam sperare salutem!—y fueron las últimas palabras con las que se desvaneció el fracasado teólogo, para dar paso al flamante marido.