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Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y la nobleza.

El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra.

Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el toro cayó redondo sin rastro alguno de vida.

Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara el ceño de su augusto esposo, exclamó:

—¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.

A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la corrida por terminada):

—Pica bien, pero muy alto.

CAPITULO VIII
DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO

Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía).