El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que era muy pintoresco.
A la postre, acabóle Soplillo diciendo:
—¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de su emblema?
—Sí—respondieron las damas.
—Y encima, como abrazándolos—replicó el histrioncillo,—¿no lleva escrito «Son mis amores?»
Y las damas tornaron a afirmar.
—Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».—Y el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que comienza a andar por las páginas de la cartilla.
La Reina quedó como muerta.
El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero día, y rugió más que dijo:
—Pues yo se los haré cuartos...