Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí todas las simpatías de la gente.
Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema.
Nadie le comprendía.
Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales de plata.
Sobre ellos, escrita iba esta divisa:
Son mis amores.
Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué quiera decir ello.
En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico.
Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se quedaran mudos.
El Rey no atendía sino el bullicio de fuera.