Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la plebe para presenciarlas.

Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera.

Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre, ¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida!

Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle entrar todo galán y enjoyecido:

«Qué galano entra Verger
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer.»

¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano!

Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.

Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo.

Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un murmullo de simpatía entre los miles de espectadores.

Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e iban luego a ocupar su puesto en la liza.