No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo en otra ocasión, porque en aquella no había lugar.

Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados cortesanos.

Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza de rompe y rasga.

Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.

CAPITULO VII
AQUELLA FIESTA DE TOROS...

Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.

Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.

Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre.

Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de Santidad.

Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.