La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace, más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo.

No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de sus egoístas aspiraciones.

Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.

No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y lacitud del sauce.

No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana, el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora.

Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades.

Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.

En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico.

Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo:

—Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren mis achaques que esté para que me sirvan.