Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta, Conde de Villamediana.

Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera caída de muerte criminal.

Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese destierro, como otras veces aconteciera.

El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero que eran accidentes que nadie podía evitar.

Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca.

Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.

—De amores dicen que murió—habló Villamediana en el primer corro que halló a mano;—buena enfermedad es, y Dios me acabe della.

Prosiguió luego la charla.

Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones, cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.

De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de Osuna, y de todo hizo tiras.