Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse:
—Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida.
Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer religioso.
Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la regia antecámara.
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A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio.
Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre, pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora.
Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos pliegos que portaba.
Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes.
Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le hubiese reparado.