La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle.

No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por saltarles al rostro.

Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán, y hablaron con esta brevedad:

—Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester?

—Hasta mañana a las once, disponed de mí.

—Me place.

—¿Me necesitáis?

—Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda.

—Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si gustáis, a mi aposento.

—Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo, charlaremos.