—¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo aconsejo.

—Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios...

—Andad, andad, don Juan, que nos miran.

Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde.

Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle Mayor.

Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas mulas que le arrastraban.

Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un recado importante que no consentía testigos.

Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta.

Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón y fué a salir a las espaldas.

»A la voz triste que dió el Conde, atropellado del dolor, acudió don Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el asesino», entendiendo que primero era éste cuidado que el del moribundo; pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucándosele las piernas con el cuerpo de don Juan, cayó sobre él.