Sonaba el tintineo melódico de la esquila, con placidez de égloga, en la espesura del bosque soñero; y, guiado por aquel son, el niño halló a la bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el río derramaba en el «ansar». Le amarró el pastor al collar una cuerda que desciñó de la cintura y, riñéndola, muy incomodado, la obligó a tornar a la senda conveniente.
La Pinta no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su insubordinación, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que respondía a las amonestaciones severas de Martín.
—¿No ves, bruta—decíale, afligido y razonable,—que estamos, como quien dice, en una ínsula?... ¿No ves que todo esto se va a volver un mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta duros?... ¡Pues tendría que ver que no quisieras pasar!... ¡Sería esa más gorda que otro tanto!...
La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquilón daban una nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habíase encalmado el viento; dormía, sin duda, en algún enorme repliegue de las montañas azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado de nubes rojas.
El bravo corazoncillo de Martín golpeaba fuerte cada vez que el niño pensaba en el puente liviano del alisal.
Había ensanchado el río atrozmente sus márgenes en el tiempo que el zagal perdiera con la fuga de la Pinta; ahora, el vado espumoso y borbollante no remansaba.
Angustiado el niño, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del agua, amarró la vaca a un árbol y trepó a cerciorarse del estado del puente.
Pero el puente... ¡había desaparecido!
Martín, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del estupor, delante de aquella catástrofe irremediable y espantosa. Un velo de lágrimas cayó sobre sus ojos cándidos: ¿Qué hacer?... Sintió una necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron en un pánico mudo, aniquilador. Alzó maquinalmente la mirada al cielo, y la súbita esperanza de un milagro acarició su alma con un roce suave, como de beso; ¡si viniera un ángel a colocar otra vez el puente en su sitio!... Y ensayó el pastor unas vagas oraciones, repartidas, confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio.
Pero ¡el ángel no venía; el río seguía creciendo, y la noche cayó, impávida y serena, encima de aquella desventura!