Asiéndose entonces a la única posibilidad de salvación, Martín se llegó hasta la Pinta, la desamarró y, acariciándola mucho, mucho, con las manitas temblorosas, la echó un delirante discurso, rogándola que vadease el río y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones, según le hablaba, se subió a sus lomos, asiendo siempre la soga con que la había apresado.
Martín empezó a creer en la realización del prodigio, porque la bestia, sumisa y complaciente, entró sin vacilar en el agua, llevándole encima. Y llegó a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror.
Hundíase el animal en el río espumoso y rugiente, y resbalaba y mugía, en el paroxismo del espanto, mientras que el niño, abrazándose a la recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trémulas palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la Pinta.
La tonante voz del río empapaba aquella humilde vocecilla de cristal, cuando el alma candorosa del pastor sintió otra vez el beso del milagro. Dominando el estrépito de la riada, unas voces le llamaban con insistencia: había gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus padres, sus vecinos...
Martín se creyó salvado. Alzó la frente en las tinieblas con un movimiento de alegría loca, y al soltarse del brazo que daba a la Pinta, un golpe de agua le echó a rodar en las espumas del rabión.
Todavía, por un instante, tuvo Martín asida una tenue esperanza de vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tenía atada al collar. La corriente, de una bárbara fuerza, tiraba del niño hacia abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de él hacia la orilla... Pero, ¡podía más el rabión, que ya iba arrastrando al animal detrás del niño!
Entonces él, bravo y generoso en aquel instante supremo, soltó la cuerda, y dijo con una voz ronca y extraña:
—¡Arre, Pinta!
Aún gritó: ¡madre! Abrió los brazos, abrió los ojos, abrió la boca, creyó que todo el río se le entraba por ella, turbio y amargo; sintió cómo el vocerío de la corriente, que todo el día le estuvo persiguiendo, le metía ahora por los oídos una estridente carcajada, fría y burlona, como una amenaza que se cumple; y vió, por fin, cómo temblaba en el cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabión se le tragó en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y humildad...
La Pinta, dueña de la codiciada margen, miraba con ojos atónitos y mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que, habiendo recibido en mitad del corazón la postrera palabra de Martín, en trágica respuesta, contestaba a grito herido: