—¡Allá voy, allá voy!...
Y corría la infeliz, ribera abajo, a la par del río, hundiéndose en los yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima de su dolor...
LA FRIA MANO DEL MISTERIO
FERNÁNDEZ-FLÓREZ
(HISTORIA DE PESADILLA)
Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche. A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto, delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era enjuta también, enlutada, triste. No hablaron; sacudían sus manos como manojos de raíces. Apenas había amanecido y la lámpara del altar se veía en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llovía. Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alzó las ventanillas y se acercó a mí, temblando, con una inquieta mirada de temor.
Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede decir cómo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espíritu enfermo, muy enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujerías, y ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba abierta en mi alma, por la que ellas venían. Creo estar en pecado mortal. Rezaba y rezaba y el Espíritu Malo reía tras de mí. Una vez, en la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacías. Otra vez, también después del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba para oír los pecados de las devotas. Cuando me casé, Osvina me quiso explicar estos misterios. Ella sabía hablar con los espíritus; la había enseñado su padre. En la sala grande y pobre de su caserón, alguna noche había visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el círculo de luz que el quinqué proyectaba en el techo, y yo huía, amedrentado.
Y Osvina me lo había dicho todo. Habían evocado una vez el espíritu de su primer novio, aquel que murió una noche de tempestad, en las aguas alborotadas de la ría, cuando se obstinó en cruzar él solo de margen a margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y marchó él en la dorna, jurando por Dios que habría de llegar junto a Osvina. Murió. Dos días después la corriente arrastró a flor de agua su cadáver. Sobre el vientre hinchado y deforme se había posado un cuervo, triste y quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas.
Desde la evocación, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpía ella bruscamente y miraba hacia atrás con sus ojos también redondos y grandes, como si hubiese oído pasos a su espalda. En más de una ocasión intentó referirme el trance extraño de aquella entrevista de ultratumba, y siempre calló, angustiada por un temor agudo... Yo bien sé que no debí casarme con ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraían como una tentación. En sueños los veía, solos, separados del rostro, brillando sobre un fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre.
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