Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros había ennegrecido la lluvia. La dueña de la fonda nos recibió alzando sus cortos brazos. Era anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, había sido criada en casa de Osvina. Nos precedió hasta una habitación; hizo acomodar nuestras maletas. Luego, inmóvil en el umbral, con las manos cruzadas sobre el vientre, observó:

—¡Qué guapa está mi joven señora!... ¡Tantos años pasados sin verla!

Después se dolió de su vejez, se dolió de su suerte:

—No hay en la casa más que don Amaro el médico, y su esposa. ¡Son malos tiempos, son muy malos tiempos, mi joven señora!...

Avanzó para ayudarla a cambiar sus ropas; nos guió después al comedor. Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tenía abundante pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeños, de agudo mirar, amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una niña aún, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro había una enorme serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de gestos; sus ojos eran como los ojos de una muñeca, que miran sin ver. No la he visto jamás reir, ni llorar, ni emocionarse. El velón de tres brazos que alumbraba la mesa hacía lucir sus rubios cabellos con el mismo tono suave de la miel. Comía con movimientos reposados e iguales, como obedeciendo a un oculto aparato de relojería que la rigiese. Sentada frente a mí, sentí durante la cena el peso constante de su mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El médico parecía no advertirlo. Al terminar, se alzó, cogió del brazo a su mujer y salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en sus movimientos... el doctor hablaba a su oído algunas palabras confusas.

Aun le oímos charlar después, ya en nuestra habitación, contigua a la de ellos. Al través del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente; parecía al principio cariñosa, después, semejaba rogar. Se oyó sólo la voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los rincones de la casa vetusta pareció brotar la melancolía. Nuestra lámpara alumbraba débilmente; el pabellón del lecho arrojaba a la pared su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callábamos, presa de una vaga inquietud. Se sentía un leve zumbar: quizás el de la sangre en los oídos; quizás el de los espíritus que vuelan en la noche; quizás era, tan sólo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen también su vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida formada de muchas partículas de vida. En las casas antiguas, por las que han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espíritus de los niños, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de donde vienen, la advierten con mayor claridad: así sienten en las habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro sér misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso vehemente de huir. ¡Oh, sí: podéis creer en el espíritu de las casas, que a veces es trágico, que a veces es sonriente y protector!... El que supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios durante la noche, conocería muchos secretos tenebrosos.

Y nosotros sentimos despertar la vida del caserón: pasos imperceptibles, que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el trotecillo de un ratón... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo invisible. Osvina, pálida, fría, miraba hacia los rincones obscuros; ¿qué adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo miré sus grandes ojos redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el rostro enjuto y el puntiagudo mentón y la corva nariz de su padre, inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se posó una vez sobre el cadáver del novio muerto en la ría lejana.

* * *

Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural, yo podría enloqueceros con el relato de aquellos días angustiosos pasados en el caserón, mientras fuera caía implacablemente la lluvia. El cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las gárgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en una náusea continua. Mi mujer, enovillada en el diván, más pálida que nunca, más transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio desesperante y tenaz. Había sentido vagar por la estancia el espíritu del novio muerto, hosco y vengativo, y se advertía sobrecogida por un pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el pabellón carmesí, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces Osvina huyó, acongojada:

—En esta cama alguien murió sin confesión—me dijo.