—A mi vecina no le molestan los espíritus.

Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento, mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.

Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa, gruñendo:

—¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...

Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente:

—¡Oh!—hizo, con un gesto de alegre sorpresa.—¡Samuel, mi admirable Samuel! ¿No conoce usted a los amigos?

—Señor—protesté—no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a usted en toda mi vida.

El rió:

—¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji, ji!...

Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel, totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar la copa vacía, con un gesto melancólico: