—¡Siempre me ocurre así!...
Y apuró el vino, con un ademán resignado.
Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a mi lado.
—Y bien—dijo.—¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene, como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo amigo.
Encendió su pipa.
—Ya hace cien años, ¿eh?...
Fumó unos largos minutos.
—Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?... ¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí. El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren matarme.
Volvió a envolverse en humo y volvió a reir.
—Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.