Bajó la voz para contarme:
—Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la puerta, duermo confiado.
—¡Es una ratonera!—agregó.—¡Una buena ratonera!...
Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su risa aguda que atravesaba todos los muros.
Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse, sin decir adiós.
Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin... Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a saltitos, como el compañero de Juliano Swart.
* * *
Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.
Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:
—¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...