No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:
Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:
—¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...
Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión. Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano, con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:
—¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah, ah!...
Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con saña:
—¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...
Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de ira.
—¡Eh!—gruñó, desasiéndose—¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende jamás.