Después se empinó para decirme al oído:
—Elena no tiene alma.
Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión, parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.
—Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo. Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je, je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma de su Elena!...
Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.
—Es la calavera, que salta—explicó.—Está llena de espíritus.
Y continuó:
—El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase. Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es una hermosa muñeca mecánica!...
Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo suspiró:
—Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca; nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.