Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.

De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos metálicos y se puso lívido:

—¡Han escapado, voto a...!

Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.

Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:

—¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...

Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin contestar, seca la boca, erizado el cabello...

TREMIELGA
(ORTEGA MUNILLA)