Andrés.
¿Pues quién la tuvo? ¿La Cibeles?
Rosa.
¿En qué he faltáo yo? ¿Porque un hombre le diga á una mujer buenos ojos tienes, ya han faltáo la mujer y el hombre? ¿Se ha propasáo Paco conmigo? ¿Le he dejáo yo que se propase? ¡Entonces!... Sólo que Juan José y Toñuela, y tú, os empeñáis en echarme los cargos encima; y yo aquí pa sufrirlo todo: privaciones, desconfianzas... Y si un día me harto y tiro por la calle de enmedio, me pondréis como un trapo. (Llorando más de rabia, que de sentimiento.) ¡Vaya que tiene esto mucho que ver!...
Isidra.
No te apures.
Toñuela.
¡Chica, no es pa tanto!
Andrés.
Ahora unas lagrimitas... Todas las mujeres sois lo mismo. Á creeros, nunca tenéis la culpa de nada. Os dejáis requebrar sin mala intención; dais en cara á un hombre con otro, como quien da una broma; os reís con el que os piropea; le hacéis arrumacos delante del que os quiere, y un día, esos dos hombres, que se han tomáo entre ojos, se disparan, se dicen cuatro desvergüenzas, la emprenden á navajazo limpio; van, el muerto al hoyo y el vivo á la cárcel, y vosotras rompéis á llorar y á decir, con cara de inocentes: ¡Yo no tengo la culpa!... ¡Quién iba á pensarlo!... ¿Verdá?