Isidra.
Más que tú padece viéndote padecer. Sólo que, lo que dice: «¡Gotas de mi sangre diera yo pa que á Rosa no le faltara nada; pero si me desprecia, y prefiere las fatigas y los malos tratos con él, al bienestar y al descanso conmigo, allá se las componga, mientras yo me como los puños de rabia! Ya que rabie yo, rabiaremos todos.»
Rosa.
¡No será tanto!
Isidra.
¿Que no?... De sobra conoces lo enamoráo que está de tí. ¡Pena da ver lo que sufre por causa tuya!... ¡Lástima de hombre! ¡tan fino, tan simpático y con muchos billetes en la cartera!... ¡Lástima de tí que podrías estar á la hora de ahora en una buena casa y con un mantón alfombráo en los hombros y dos orlas de brillantes en las orejas, y cuatro ó cinco sortijas en esos déos tan bonitos que Dios te ha dáo!...
Rosa.
(Suspirando.) ¡Ay!
Isidra.
¡Qué pareja haríais!... De tí no hay que hablar; y él... ¡No me negarás que Paco es un buen mozo!