Juan José.
(Dando la vuelta por detrás de la silla y poniéndose delante de Rosa.) ¡Oye; por lo que más aprecies en el mundo, oye!... ¡Quítate las manos de la cara! (Viendo que Rosa no lo hace, se las aparta él con las suyas cariñosamente.) ¡Así!... ¡que yo te vea! ¡Que pueda mirarte! (Acercando su cara á la de Rosa.)
Rosa.
(Echando el cuerpo hacia atrás y sin mirar á Juan José.) ¡Déjame!... ¿No dices que soy mala?... ¡De lo malo se huye! ¡Déjame!
Juan José.
(Con pasión.) ¡Dejarte!... ¡Pues si todo lo que hago es por miedo á quedarme sin tí!... ¡Si te quiero más que á las niñas de mis ojos!... ¡Si al ponerte la mano encima he sentido el golpe aquí dentro!... (El corazón.) ¡Si me ha dolido más que á tí!... ¿No comprendes que me ha dolido más que á tí?...
Rosa.
Comprende que me has maltratáo sin motivo. ¿Qué te he hecho pa que me maltrates? Cuando todo me falta, ¿á quién voy á volverme?...
Juan José.
¡Á mí, Rosa, á mí! Si te digo que tienes razón; que he procedío malamente; que me perdones... Pero tú no sabes lo que es encelarse de una mujer que vale pa uno lo que la Virgen del altar, y tener incáa en el corazón esta espina. ¡Ojalá y no lo sepas nunca!... Es un dolor muy perro; y cuando á uno le viene la basca, no da cuenta de sí. ¡Se aturrulla la cabeza, se llenan los ojos de sangre, se levantan los puños sin querer, ocurre lo que ocurre sin que uno mismo pueda evitarlo, y se acabó!...