Cano.
Fué el día que lo bajaron del chiquero, después del juicio y de la sentencia, en que le salieron ocho años. ¿Te acuerdas tú?
Presidiario.
¡Sí me acuerdo!... ¡Vaya un chavó!... ¡Cómo atizaba!...
Cano.
Hizo bien. Estos sinvergüenzas, en cuanto se presumen que un perro no muerde, son tóos á tirarle del rabo. Como le vieron tan calláo, y tan vergonzoso, y tan humilde, se dijeron: «¡Ha llegáo la nuestra!» Á mí me dió lástima, é iba á salir por él. No hizo falta. El perro mordió.
Presidiario.
Y cogió carne.
Cano.
En cuanto el Melláo, ese charrán que aún se cree que anda por las tabernas asustando á los tontos, la tomó con él, ya le viste. Al principio procuraba zafarse de la bronca, pero al convencerse de que no tenía más remedio que pegar ó que le pegasen, se fué pa el Melláo, alzó el puño y lo tiró roando contra la tapia con la cara llena de sangre.