Juan José.
¡Cómo no he de hacérmelas, si mi vida está en esa mujer!...
Cano.
(Con desprecio.) ¡Bah!...
Juan José.
El día de la audiencia, al entrar en la sala donde iba á jugarse mi suerte, no tenía más que una idea, esta: Ella vendrá aquí, á declarar con los testigos; ¡voy á verla, á oirla, á tenerla un momento cerca de mí!... Lo demás no me importaba nada; ¡y lo demás era mi castigo, mi honra, mi sentencia!... ¡Ya ves!... Cuando supe que no venía por impedírselo una enfermedá, justificáa por un certificáo de los médicos, pensé que acababa de sucederme todo lo malo que me podía suceder en aquella casa, y escuché la sentencia encogiéndome de hombros; y volví á la cárcel preguntándome, lo que me pregunto á todas horas: ¿Qué será de ella? ¿Por qué no viene á verme? ¿Qué debo creer?...
Cano.
Cree lo peor, y estarás cerca de no engañarte.
Juan José.
¡Y luego Andrés, mi amigo, sin contestar á la primera carta que le hice escribir, sin contestar tampoco á la que tú le pusiste hace cuatro días! ¿Por qué no me contesta?