Juan José.
¡Caridá!... ¿De quién voy á tenerla?... ¿La ha tenido alguien de mí en el mundo?
Rosa.
¡Tenla tú de mí! (Como aturdida y sin saber lo que dice.) ¡Vete, por Dios! ¡Vete!
Juan José.
¡Que me vaya! (Rompe á reir con risa siniestra.) Mira; no creía reirme y me has hecho reir... ¡Que me vaya!... ¡Estás loca!
Rosa.
(Con espanto.) ¿Á qué vienes?... ¿Á qué vienes? dilo...
Juan José.
Á cobrarme en una hora ocho meses de angustia. ¡Ocho meses que he pasáo dentro de una prisión, abandonáo, solo, imaginando!... ¡imaginando la verdá! ¡que me habías dejáo por otro!... ¡Qué noches tan horribles las mías!... ¡Cuando mi cabeza se dejaba caer en la almohada de crín, veía la tuya dejándose caer en el hombro de él, y miraba tus ojos puestos en los del otro, mientras se clavaban los míos en la oscuridá, y os contemplaba juntos, muy juntos; mientras yo mordía la manta pa ahogar mis sollozos!... ¡Eso he hecho yo, blasfemar, llorar, dudar de tí, y después, ni dudar siquiera, convencerme de tu engaño y huir de la cárcel, y buscarte á tí, y buscarle á él!... ¡Y aún me preguntas á qué vengo á esta casa!... Vengo á matar á Paco.