Más tarde, cuando me ví libre de la caena y dije «¡á trabajar!» ¿qué encontré?... De aprendiz, cachetes del maestro y de los oficiales, y una cazuela de sobras en un rincón; después, mucho trabajo y muchas fatigas, y un jornal escaso, ganáo sobre dos tablones mal unidos, tiritando de frío en invierno, abrasándome la piel en verano, afanándome desde la mañana á la noche, pa llegar por la noche á mi casa y encontrarme sólo, sin que nadie viniera á decirme: «¡Descansa hombre, que bien lo mereces!» Así vivía cuando conocí á Rosa. Ella me dió lo que aún no había encontráo en el mundo, cariño. ¿Crees tú, que puedo dejarla, ó conformarme con que me deje?...
Andrés.
Yo...
Juan José.
¡Dejarme ella á mí!... No, Andrés, ¡que no lo haga, que no lo intente!... ¡Si se atreviera á hacerlo!... (Con tono de amenaza.)
Andrés.
¿Vuelves á las mismas?
Juan José.
¡Eso quisiera yo, no volver!... Pero estas cavilaciones mías pueden más que yo, me levantan en peso, y cuando imagino que Rosa me puede abandonar, marcharse con otro, se me pone una nube de sangre delante de los ojos, y... (Con angustia y odio.) ¡Que no suceda, Andrés, que no suceda; porque si sucede, estoy perdío!
Andrés.