(Con ternura.) Porque ciego por ella; porque se trata de mi madre, y la madre es la sola mujer que no engaña.
Juan José.
Yo no he conocido á esa mujer. Sólo he conocido á la que me recogió junto á las piedras de una cantería pa llevarme en brazos por las calles y compadecer á la gente llamándome hijo suyo. ¡Pa eso me recogieron! Y luego, cuando fuí mayor y pude andar solo, pa que pidiese limosna, con los pies descalzos, y la pidiera bien, y llevase mucha, que si llevaba poca, me ponían maduro á palos.
Andrés.
¡Sí, es desgracia!... (Con tristeza.)
Juan José.
No lo sabes, Andrés; hay que pasarlo. Pidiendo un pedazo de pan pa que lo comieran otros, como ahora lo gano pa que otros disfruten, he vivido yo mucho tiempo. Cariño ninguno. Malas razones y peores hechos. Golpes, no golpes buenos, de los que los padres dan á sus hijos pa que se corrijan, sino golpes de los que da el arriero á su bestia cuando no puede con la carga. Á mí nunca me han dicho al pegarme: «¡Toma, pillastre, pa que te enmiendes!» Á mí, me decían: «¡Toma, granuja, pa que traigas más!» ¡Ya ves qué diferencia! El recuerdo de aquellos golpes, de los que dan los padres, debe saber á gloria; el de los que yo recibía me sabe amargo, y me trae á la boca mucho rencor y muchos odios.
Andrés.
¡Pobre Juan José!
Juan José.