No hace falta. En las cosas del querer, se firma con éste; (El corazón.) y cuando éste dice «quiero de veras,» firmáo está pa toda la vida.

Andrés.

(Con tono de broma.) ¡Pocas firmas así he puesto yo! Y luego á borrarlas. Ni señal queda. Antes se borra el querer que la tinta.

Juan José.

Será el tuyo, que el mío no. ¡Dejar yo á mi Rosa!... ¡Perderla! ¡Echarla de aquí!.. (Golpeándose el pecho.) No podría; está muy agarráa y... Yo me entiendo; no sé explicarlo, pero me entiendo... Vamos, que si yo dijese, se acabó Rosa; mi corazón, y mi alma, y todo yo, nos habíamos acabáo con ella.

Andrés.

¡Bah! ¡En seguida me destrozaba yo por ninguna!... Ponte en lo peor, en que la pena sea tan grande que no consigas descuajarla de un tironazo. ¡Á distraerse! ¡qué contra!... No se acabó el mundo por eso. Otros quereres hay y á ellos se coge uno hasta que se le pase la basca.

Juan José.

Tú, sí, porque tienes padres, hermanos, familia que te consuele y te saque las malas ideas del cuerpo. Yo no tengo nada. ¿Padres?.... Dios los dé; no sé quiénes fueron los míos, sólo sé que me tiraron á la calle, mismamente que se tira la basura al arroyo, pa que la recoja el trapero. (Con tristeza profunda.) ¡Debe ser tan bueno tener padres!... Lo veo por tí cuando vas á casa de los tuyos, y la pobre vieja de tu madre se alza de su silla y te mira que parece que se te va á comer con los ojos y te dice: «¡Á ser hombre de bien, Andrés!...» Tú te ríes, como si no te importase verla y oirla; pero en la cara se te conocen que no te cojen el gozo en el cuerpo y la alegría en el corazón.

Andrés.