—Hazlo; ¡mui bien!..
Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.
—¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto, doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora mi canario.
—Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus penas cantando.
Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas endechas!:
"Surca los aires pajarillo raro,
I de mi Berta ante la faz desciende,
Mientras por cielo, tierra i mar se estiende
La eterna lumbre del inmenso faro.
Díla que en su natal al mundo caro,