—Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.
—¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?
—Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.
—¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.
Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.
—I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya? No la habia visto yo.
Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado respondió:
—Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.
—¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?