—Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que regresarás mui pronto.

—Como nó, señora.

—I tampoco será antes del cumple-años de Berta.

—Ya que Ud. me lo ordena....

El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......

Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.

Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin desprenderle una larga i melancólica mirada.

—Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita diciéndole:

—¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?

Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles de su cabello, diciéndole:—¿I no es verdad que es obra de tus manos?