XXIII
Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia preparaba sus maletas para partir.
Arturo hablaba íntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento. Detrás, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa pareja próxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la vista la perspectiva del porvenir.
Presentóse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos húmedos revelaban lágrimas recien enjugadas i lágrimas reprimidas. Sus apagados adioses resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba. Su sangre indómita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron tambien. ¡Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jamás ningun corazon sufrió tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida, como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo, todo, parecia decir adios.
Berta abrió su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada; pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i desentrañan los secretos del alma. ¡Es tan intelijente el corazon! ¿Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible? ¡A no dudarlo!
Gabriel salió. Un ademan de jentileza fué su muda despedida. Cuando llegó al umbral de la puerta se paró de improviso como detenido por una mano misteriosa; volvió el rostro, i como luchando con ella precipitó su paso i lanzó al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde la tierra: ¡qué culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste huérfano i pobre ¿por qué me desheredas de la felicidad?.... Avanzó algunos pasos i deteniéndose de nuevo frente a la casa la contempló llorando i esclamó con quebrantado acento:
—¡Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de tí!... ¡Adios, santuario del pasado!
—¡Tan jóven i tan desgraciado! dijo, tragó sus lágrimas i partió por fin.
Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento, sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian tanto i tan respetuoso cariño.
Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que envolvia la poblacion.