Gabriel tomó el primer coche de posta que encontró a su paso. Se embarcó en él, i al comenzar a partir jimió salvajemente. El cochero al oir su voz se volvió diciéndole: ¿me habla Ud.?
—¡Nó, continúa! le contestó.
El coche se perdió de vista.
La niebla del olvido no oscureció por cierto el grato recuerdo de Gabriel.
Berta era un carácter fácil a abrirse a las primeras impresiones, un espíritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento. Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espíritu que inflamarse, como sucedió i como sucede siempre. Porque es cosa averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es innato en la naturaleza i contemporáneo de la vida; viene con ella. Pasará por lo mas íntimo de un ser desapercibido para los demas, como pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio; vivirá ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar; permanecerá oculto como el niño dormido silenciosamente bajo sus pañales en el hueco de la cuna; dormirá como duermen en las cuerdas de un laud un mundo de silenciosas armonias; pero no dejará de existir jamás. El ave se posará en el bosque; vendrá el buzo a recojer esa perla; el niño se ajitará gritando en su cuna; las cuerdas sonarán; ¡el corazon palpitará de amor!
Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i ¡habria amado una sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariñosamente sobre su corazon! Pero desgraciadamente inútil fué que regara con sus secretas lágrimas las flores i los versos del trovador incógnito, símbolos de ese recuerdo. ¡Relijioso pero vano recuerdo!
Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero sí de renunciar a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carácter no tuvo valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cariño filial. Berta cedió.
Pero no es eso todo. Fué vencida en la lucha con sus padres, ¿lo será tambien en la lucha consigo misma? He aquí la cuestion. ¿Podrán decir sus labios lo contrario de lo que siente su alma? ¿Podrá siquiera su semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las torturas: la de sacrificar el corazon al interés, el amor a la conveniencia, la felicidad al deber.
Un abatimiento profundo se apoderó de su alma. Sus ojos estaban constantemente húmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma. Lloraba su espíritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo, a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato viviente de sus padres.
El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trémula mano la argolla de compromiso de matrimonio. ¡Aniversario de infortunio para la una i de felicidad para el otro!