La melancolía de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya indisimulable. Su salud comenzó a declinar. En vano sus padres le prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la perspectiva de un porvenir espléndido i la regalaba con la promesa de los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.
Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se encargó de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el único tema de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. ¡Poco importaba el corazon de la hija!
Arturo que jamás atribuyó la tristeza de Berta sino al dolor anticipado que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion al ver aproximarse el soñado dia de ceñir la corona de la felicidad doméstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su prometida la palma del martirio del corazon.
I con razon, ¡a las luchas domésticas sobrevivió la lucha del espíritu!
Con un aire de placentera lijereza presentóse Arturo cierto dia en el cuarto de Berta que permanecia pálida i melancólicamente reclinada sobre un divan. Sentóse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras de cariño, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se inclinó lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le dió las gracias, exaló un largo suspiro, dejó caer sobre el cofre de esas donas una mirada i una lágrima.... ¡Esa lágrima era un poema!
Arturo que creyó ver en ella una lágrima de felicidad la dirijió una mirada triunfante, se incorporó de súbito i estrechando la mano de su amada la dijo entusiasmado:
—Mi adorada Berta, jamás olvidaré, se lo juro, ese testimonio de su ternura. ¡Esa lágrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas joyas!
Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lágrima le contestó, con profunda amargura: ¡Gracias Arturo!..
El cofre de alhajas no sirvió sino para recordarle la cajita de ébano que atesoraba los recuerdos del poeta.