Ella sin embargo desde que se sintió ligada a Arturo, trató de matar esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procuró en lo posible inmolar el pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba de tener erméticamente cerrada la puerta de la ventana.
Ni la luz de la mañana ni las flores del sentimiento penetraban ya por ella.
¡La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! ¡Horrible trance!
¿Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de ellos? Nó. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del calor de sus miradas, del riego de sus lágrimas, de su presencia en las horas del reposo i en los momentos de soledad.
En sus sueños sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar consigo los últimos resplandores del dia. Soñaba con el hijo de la aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueño i quedaba la realidad. Al sueño de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueños. Despertaba sobresaltada i se decia: ¿Habrá venido hoi? ¡Cuánto le amargará mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia; ¿morirá de amor por mí? ¿Tendré valor para no darle mi último consuelo i mi postrer adios? Pero no, ¡Dios mio! ¡Abrir nuevamente a mi corazon las puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del deber!
Lánguida i melancólica dejó un dia su lecho, el lecho de las muertas esperanzas, i a paso lento i tímido se aproximó a su ventana querida, la contempló largo rato con una tristeza que parecia conmover las profundidades mas íntimas de su naturaleza.
Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, álito de la soñolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lágrima se retiró del precipicio... se dirijió nuevamente a su lecho, se tendió en él, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, lloró con amargura i sin consuelo. Lloró en silencio; ¡pero sus recuerdos gritaban desesperados en su corazon!
Incorporóse en su lecho repentinamente. Su rostro recobró la placidez i su mirada el destello que parecia comunicarle un golpe feliz del corazon. ¿I no será el mismo Arturo el cantor de las rejas? se dijo despejando las rubias guedejas que cubrian su frente. Comencé a recibir las flores i los versos despues de su llegada de España. A ser otro no se habria disfrazado la mañana de nuestra única entrevista. Un desconocido habria procurado mas bien hacerse conocer. Solo a Arturo le correspondia el papel de incógnito, para no perder un solo medio i una sola ocasion de tender las redes a mi cariño. Acaba él de leer una novela en que un amante a fin de poner a prueba el corazon de su querida se le presenta enmascarado en alta noche, finjiendo ser su rival. ¿Talvez ha hecho él otro tanto? ¡Ah! si así fuera yo amaria a Arturo locamente, por que el eco sonoro de esa voz, esas palabras ardientes, esos inspirados versos, el recuerdo de esas flores cojidas al borde de un abismo de misterio, han cautivado mi alma como al canario en su jaula.
¿Plácido será el mismo Arturo...? ¡A no dudarlo!
El 30 de julio de 1844 fué el dia señalado para el enlace de Berta.