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Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.

Veamos lo que pasó en esas cuarenta i ocho horas.

Acto contínuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de la cárcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir veíase sobre el tapete de la mesa.

Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados, interrogados i sentenciados retiráronse a paso lento, pálidos, taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simpático jóven de 28 años de edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya frente alumbraba la auréola del martirio confundida entre los laureles del jénio, arrastró con serenidad sus espléndidas cadenas. Su ademan revelaba la modesta altivez de su carácter. Sus laureles parecian quemar su sien. Melancólico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i tomó asiento en el banco del acusado.

Cuando el fiscal comenzó el interrogatorio contestó majistralmente, pero derramó una lágrima que parecia esprimir toda la amargura de su infortunio. Su acento tenia la entereza del héroe, i su lágrima, la ternura de una lágrima de Romeo....

—¿Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpió el fiscal.

—No considero, señor, un delito amparar la querida patria i defender la libertad, repuso el reo.

—Pero en fin ¿confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades delegadas por S. M. la reina de la metrópoli?

—Sí, señor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra la tiranía española i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco que será algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por que...