Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceño i tocó despóticamente la campanilla, esclamando:

—¡Al órden!......

—¡Al deber!.... contestó el reo, irguiendo la cabeza i poniéndose de pié súbitamente.

Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclamó: es inútil proseguir; ¡el reo está confeso!

—¡E insultado el honorable tribunal, i con él la majestad real! repuso otro de ellos.

El fiscal tocó nuevamente la campanilla, esclamando: ¡cuarto intermedio! Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ángulos del calabozo, menos el fiscal que permaneció en el suyo, tomó la pluma lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con calor. Cuál levantaba la voz, cuál dejaba oir palabras autoritarias, cuál accionaba con desenfadada exaltacion, cuál posaba la mano sobre el hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus puestos, i el fiscal con el índice de una mano perdido entre las pájinas de un código entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra, leyó en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra todos los reos i consignada en cláusulas sangrientas. Los jueces la escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una impasibilidad imperturbable, permanecia de pié con la mirada levantada como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga sonrisa.

El jurado se suspendió. Los reos fueron conducidos a sus respectivos calabozos. El reo altivo (llamémosle así) fué encerrado en el suyo. Oíase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido, o el ruido de sus pasos.

El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproximó el oido al ojo de la llave i no alcanzó a oir sino esta palabra terrible: ¡Condenado a muerte!....

¡Condenado a muerte!.... repitió mas de una vez, se tendió sobre su cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueño eterno. Pálido como la cera, helado como la muerte, indeciso como un sonámbulo, incorporóse en su lecho, sentóse sobre el borde dé la cama, i arrojó con lastimero acento palabras melancólicas i aisladas que vertian sus labios semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la demente Ofelia. ¿Era el estravío del loco? ¿Era la suprema desesperacion del condenado? ¿Era el desvarío del sonámbulo o el delirio de la agonía? ¡Nó! ¡Era el último delirio del amante i el último ensueño del patriota!

—Pobre Cuba....¡se ha nublado la estrella!.. ¡ya veo el cadalzo!..¡adios amada mia!.. ¡mi muerte i la esclavitud..! ¡adios!....¡condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lágrima inconciente i sombria.